En Marruecos el sueño es muy respetado, hasta el punto de llamar a la policía por ver que les hacía una foto a unos señores apostados en la estación de autobuses. Allí cualquier sitio es bueno para caer fulminado por un atisbo de modorra. La chilaba es buena responsable de estos arrebatos por su tremenda confortabilidad y la sensación de intimidad que da bajo la capucha. Durante el Ramadán no se puede comer ni beber ni fumar mientras el Sol ilumine. La última comida o la primera del día se hace antes del amanecer, muchos hombres se reúnen hasta este momento y aprovechan el día para dormir, así el Ramadán no se hace tan insufrible. Los que madrugan aprovechan los ratos libres para acoplarse en sus chilabas y echar una cabezada. Las mujeres, en general, siguen llevando los mismos horarios y nunca se permiten esas cabezadas en público. Cuando el Ramadán finaliza oficialmente los más devotos dedican a Alá una, dos, o más semanas de sacrifico llevando a cabo el ritual. En Marruecos se practica el Ramadán bajo penas de cárcel para aquellos musulmanes que no lo respeten. Solo en el desierto y en el Valle del Rif, que son las pocas regiones marroquíes donde no llega la policía, podemos encontrar a gente menos creyente que se toma la libertad de saltarse esta tradición.
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