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Aventuras y Desventuras en el Valle del Rif:

Historia de Un Prisionero en Marruecos

Diario de José Caballero Reyes y su cautiverio, prisionero de Abdel Krim, en la Guerra de Africa

 

Historia de un Prisionero en Marruecos, libro original

Historia de un Prisionero en Marruecos, un relato autobiográfico de José Caballero Reyes

Jose Caballero Reyes, Superviviente del Cautiverio, prisionero de Abdel Krim durante la Guerra de Africa

En muy pocas palabras,
aunque os sea molesto,
os voy a explicar parte de mi cautiverio
durante un tiempo en Marruecos,
y muertes y sufrimiento
de algunos de mis compañeros.
Por eso esto lo escribo,
aunque con mucho sentimiento,
para que lo sepan mis hijos y de ellos,
si alguna vez son padres,
que pase también a mis nietos
para que se hagan una idea
de lo que sufrió su abuelo
durante 20 meses y dos días
que me tiré prisionero
de aquellos criminales Moros
en el maldito Marruecos...

retrato de José Caballero Reyes

Historia de Un Prisionero en Marruecos por José Caballero Reyes
Cautivo de Abd El-Krim durante la Guerra de África hasta 1926

Prólogo de Alejandro Rey Millán

Edición en libro de bolsillo, precio: 12,99€

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Historia de Un Prisionero en Marruecos por José Caballero Reyes

Relato autobiografico de Jose Caballero Reyes

 

Edición electrónica disponible en Amazon: 2,99$

Historia de un Prisionero en Marruecos, eBook para Kindle

 

Hijos de Jose Caballero Reyes

Recorte de prensa que documenta el rescate

Hijos de Jose Caballero Reyes

Hijos de José Caballero Reyes

 

Articulo de prensa sobre el fin de la Guerra de Africa

Articulo del Diario El Sol sobre el fin de la Guerra de África

Hijos de Jose Caballero Reyes

Detalle de artículo donde cita el rescate de José Caballero Reyes

 

El testimonio único de José Caballero Reyes sobre el Desembarco de Alhucemas:

El día seis de septiembre, si no recuerdo mal, estábamos trabajando en el mismo sitio cuando vimos asomarse por alta mar diez o doce barcos. Serían las cuatro de la tarde, cuando más, por cierto, que uno de los barcos veíamos que traía una cosa blanca, que, como estábamos tan retirados, no podíamos apreciar lo que era hasta que no lo soltaron y se llegó a aproximar, que por cierto era un dirigible, que bien lo pudimos apreciar, como así mismo cuatro o seis aparatos que no dejaban de descargar bombas sobre los cañones y ametralladoras, aduares y demás.

Por cierto que, aquel día, cuando asomaron, todavía estábamos sin catar nada. Todo el día hartos de trabajar y ni habíamos probado el agua en todo el día ni por casualidad. Entonces que acababan de llegar con ella, por casualidad, y nos estábamos formando para cogerla, y podernos comer el rancho, además, no pudiendo coger agua nada más que unos cuantos de los que iban a la cabeza, que a los demás nos hicieron tener que arrear y salir corriendo, porque no dejaban de tirar sobre nosotros las ametralladoras del peñón, las baterías y demás, para que abandonáramos aquello, a ver si lo podían desbaratar.

En aquel momento, salimos todos corriendo hacia el campamento que no me quiero ni acordar las fatigas que pasé para poder llegar. Tenía algunos granos que no podía ni andar, y, como todos corrían, a mí me dejaban atrás. Con miles de trabajos me tuve que apretar porque, si me quedaba atrás, los moros me llegarían a matar.

Al día siguiente, no pudimos trabajar porque los aeroplanos y cañones no dejaban de tirar, como así mismo los barcos, que disparaban algunos canecos que eran cosa de exagerar, explotando por todos aquellos alrededores que eran cosa de exagerar. Y nosotros, todos asustados, creyendo que nos fueran a matar los mismos hermanos nuestros después de tanto pasar, porque es para no contarlo, y yo no lo quiero ni recordar.

Nos hicieron, los moros, meternos en una cueva, no nos fueran a matar, cuando vimos llegar a Abdel Krim con dos o tres más, metiéndose todos en un auto con ideas de marchar a Inkamara. La fuga se le puso mal porque los barcos, que estaban recorriendo la costa, se figura que los vieron que se querían escapar, y le tiraron un cañonazo al coche que se libraron por casualidad, cayendo el proyectil, del coche, a unos cien metros cuando más, en la cuneta de la carretera, que se llevó más de la mitad. Viendo el cabecilla que las cosas se ponían muy mal volvieron el coche atrás, tirándose fuera del auto y dejándolo abandonado, además, allí cerca, que había un barranco donde no lo pudieran divisar, y con las mismas salieron todos andando por los sitios más ocultos, para que no los pudieran tirar.

Dieron enseguida la orden de que todos los que de todos nosotros pudieran andar saliéramos en aquel momento hacia Inkamara, no nos fueran a copar las fuerzas nuestras, que estaban desembarcando ya, cosa que, en aquellos momentos, de alegría que teníamos todos, no acertábamos ni a hablar. Habíamos visto a lo lejos un morillo, que estaba guardando ovejas, asomar y llamar en su lenguaje a los moros, empezando en aquel momento todos a desfilar, todos corriendo como gamos que aquello era por de más. Aquel pequeño fue el primero que vio a nuestras fuerzas desembarcar, y fue él quien dio el parte cuando todos empezaron a desfilar.

No se esperaban que por aquel sitio fueran a desembarcar jamás, porque ellos, por donde esperaban el desembarque, era por la playa nada más, y por eso era donde estaba toda la fuerza reconcentrada, como así mismo las ametralladoras, los cañones, bombas y demás. Les entró el tiro por la culata, que desembarcaron por detrás, que era por donde ellos no esperaban una cosa tal.

Así que, una vez nuestras fuerzas en los cerros, ellos no podían hacer nada más que lo que hicimos, abandonar todo aquello y marcharnos a Inkamara, no nos fueran a copar, que era lo que ellos más temían ya. En aquel momento nos hicieron desfilar a la carretera todos, sin dejarnos parar. No nos dieron tiempo a muchos de coger el equipaje, ni platos ni cucharas ni nada, sino salir todos corriendo y sin mirar para atrás, y al que se descuidaba algo no os quiero contar, de la lechecita que estaban ya, pues lo podéis figurar, cada palo que nos daban. No lo quiero ni pensar.

Con deciros que tuvimos que abandonar a ocho o diez compañeros que había enfermos, que no podían caminar, y, como los perros, los tuvimos que abandonar, que se murieran de asco, porque no había quien los pudiera cuidar. Estaban tan enfermos que no podían ni andar, y allí se quedaron solos, que nunca se me olvidará. A nosotros nos llevaron a Inkamara por unos barrancos para arriba que todo era un peñascal, que no podíamos ni andar la mayor parte de las veces. Teníamos que trotar, porque arreaban cada palo que cualquiera se quedaba atrás.

Durante todo aquel trayecto no dejaron de volar, por encima de nosotros, el dirigible que habíamos visto el día antes asomar, que lo ocupaba el general San Jurjo, según nos llegaron a informar, acompañado de dos o tres aeroplanos, que no dejaban de volar por encima nuestro para poder averiguar dónde nos llevaban, pero sin hacer por tirar, y de que llegamos a Inkamara se volvieron para atrás.

Una vez que estábamos allí encerrados, notamos que faltaba el principal, que era el jefe de la guardia o, mejor dicho, el mayor criminal, que era el célebre Sijamun, del que todos habrán oído comentar, que llegó a media noche y a todos nos hizo formar. A los que a él le parecía empezó a apartar, apartando como a un ciento, o quizás algunos más, y a los demás nos dijo que nos podíamos retirar a descansar. Los que él había elegido, se los volvieron a llevar otra vez a Azdid, para empezar a retirar ametralladoras y cañones, no los fueran a copar las fuerzas nuestras, que no dejaban de avanzar.

Y los sacaron corriendo, sin comer ni descansar. Tuvieron el cinismo de no darnos a ninguno de cenar. Una vez en el camino, les dieron, para que tuvieran bastantes fuerzas para tirar, media torta a cada uno que tenía más paja que cebada, que no valía para nada, pero como no tenían otra cosa la tuvieron que tragar. Con todo aquel alimento no los dejaron parar en toda la noche, tirando de los cañones, ametralladoras, proyectiles y demás.

A los tres o cuatro días después, con quince o veinte compañeros volvieron a bajar a Alhucemas, para poderse llevar un viaje de comestibles de los que habíamos abandonado el día de la huida, si nuestras fuerzas no hubieran llegado por casualidad. Al llegar a la tienda, donde se quedaron abandonados aquellos infelices, que no lo quiero ni pensar, se encontraron que tres o cuatro de ellos habían muerto ya de pura necesidad, y los pocos que quedaban estaban desmayados porque no tenían agua, que era lo más esencial. De desmayados que estaban creo que ya era por de más, que iban a buscar agua y no podían ni andar, y cada paso que daban creo que iban al suelo a parar. Como la sed es tan mala no se podían aguantar, y casi arrastras creo que iban a ver si la llegaban a encontrar. Creo que era una cosa por de más, cómo estaban los infelices. Y que nadie los pudiera salvar...

Con permiso, que les pidieron estos compañeros a los de la guardia, que no eran de los peores por casualidad, porque se lo dieron, cosa que no era de esperar. Les dieron agua a aquellos infelices hasta que no quisieron más, y les dejaron llenos todos los cacharros que tenían, para que no la pudieran escasear. Además les dieron tierra a los infelices que habían muerto. Los enfermos que quedaban allí, otra vez los volvieron a dejar, porque con la carga que llevaban no los podían llevar, quedando otra vez allí abandonados, sin poderse ninguno salvar. A los dos días después, cuando volvieron a bajar, se encontraron con los pocos que quedaban. Habían muerto ya y también los llegaron a enterrar.

Cuando me lo contaron los compañeros, que todos habían muerto, y de aquella forma, además, yo sentí en el alma no haber bajado, porque a algunos de ellos los apreciaba de verdad, tal como un tal Jacinto Fernández y algunos otros más, que nos apreciábamos como amigos de verdad. Yo no pude ir porque estaba trabajando de peón en unas obras que estábamos haciendo en casa de Abd el-Krim, que por cierto no las llegamos a terminar porque nuestras fuerzas no tardaron muchos días en llegar, y más.

Enseguida nos volvieron a mudar, pero los pocos días que estuvimos también fue duro de pelar, porque el poco agua que bebíamos bien la teníamos que sudar: nos hacían ir a por ella a cuatro kilómetros o algo más. Por cierto que era un río, que de su nombre no me puedo acordar, con dos molinos, que era donde íbamos a moler la cebada para las tortas que nos daban. Por cierto, que aquellas caminatas nunca se me olvidarán. Desde el río a Inkamara era todo una cuesta arriba. Las fatigas que pasábamos con las cubas del agua hasta que llegábamos era cosa por de más, porque la mayoría de las veces no nos dejaban ni descansar, ni catar el agua en todo el camino, y no solo de la que llevábamos en las cubas de madera, ni de las pocas aguadas que había en el camino, aunque toda esta era muy salada y no se podía tragar. Aunque vieran que nos ahogábamos no nos dejaban coger, siquiera, para podernos la boca remojar.

Como la sed era tanta y las cubas se hacían bien las pesadas, íbamos con las gargantas secas que no podíamos ni respirar, y al pasar por las aguadas, aunque eran saladas, solíamos aprovechar, sin soltar las cubas, un cacharro que llevábamos para llenarlo. Teníamos que salir corriendo con él lleno en la mano y la cuba en el hombro, porque cada palo que nos daban que no los quiero recordar, y todos corríamos a la cabeza, porque el que iba en la cola era el que solía cobrar algo más. En particular, el día que eran malos, los guardias, aquello era por de más, tantos los palos que nos daban. Y encima no nos dejaban descansar en todo el camino, aunque vieran que nos ahogábamos. No dejaban de pegar y teníamos que subir a la carrera la cuesta con las cubas llenas, deseando llegar para poder descansar.

De esta forma estuvimos hasta el 30 de septiembre, que jamás se me olvidará, que fue cuando regresaron los compañeros que estaban arrastrando los cañones, las ametralladoras y demás, por los cerros de Alhucemas. Casi todos venían medio ciegos de los gases que tiraban, lagrimosos y demás, los aparatos que no dejaban de volar por encima de ellos y de los moros, para que lo dejaran todo y no dejar operar. Hasta creo que en algunos sitios llegaron a usar, además de los gases lagrimosos, gases asfixiantes, además, para que se atontaran los moros y no dejarles operar. Así que podéis haceros todos una idea de cómo venían todos, porque era una cosa de exagerar.

Aquella misma noche nos volvieron a sacar para el mismo sitio, tocándome a mí uno de ellos, que no me pude escapar, a unos ciento cincuenta o ciento sesenta, cuando más, de los que les parecían que mejor podíamos andar para arrastrar tres cañones que habían quedado atrás. Nos llevaron, los muy canallas, hasta sin cenar, llevándonos primero derechos hasta donde estaba el peñón de Alhucemas, por donde tanto habíamos pasado ya, porque más de dos noches tuvimos que pasar cargados, por delante del peñón, con cañones, maderos y demás. Cuando teníamos que pasar por aquel sitio siempre lo hacíamos de noche, para que no se pudieran enterar en el peñón de lo que hacíamos, porque les querían fastidiar.

A pesar de ir de noche y estar tan cerca de los nuestros no era fácil escapar, porque era más imposible que de lo que os podéis figurar. Iban tantos moros guardándonos como soldados, o quizás algunos más, y todos ellos bien preparados de armamento y demás. Nosotros, desmayados, no podíamos hacer nada, porque sería perder el tiempo el intentar escapar. No conseguiríamos nada, además. Para que veáis que sería perder el tiempo algo os voy a explicar, para que veáis que todo lo que se intentara sería el fracasar: A cada dos con un palo nos hacían cargar, con un moro que llevábamos delante y otro que se ponía detrás. Así nos llevaban a todos enfilados de a uno y sin poder formar ruido ninguno, ni siquiera hablar.

Nos metían a todos cargados por la playa, atollándonos en la arena y sin poder rechistar. Además de los moros que iban entre nosotros, iban delante, detrás y a los costados muchos más. Y todos ellos sacudiendo leña en cuanto nos sentían hablar. No había más remedio que apretar. Esta operación no la hicimos una vez sola, sino que nos tocó hacerla bastantes más, y siempre íbamos tan guardados, o quizás cada día más.

Por fin, aquella noche llegamos al célebre cañón que íbamos a retirar, que estaba bien próximo al Peñón, y unos quinientos proyectiles que había en una trinchera. Poco más adelante los tuvimos que abandonar porque los barcos se dieron cuenta y nos empezaron a enfocar con los reflectores, teniendo que dejarlo y echarnos a tierra entre las piedras y montes, no nos fueran a tirar.

En cuanto dejaron de enfocarnos con los reflectores, nos hicieron levantar, llevándonos otra vez cerca de la playa. Nos volvieron a formar, sacándonos a treinta de los más fuertes, llevándonos a sacar un cañón que estaba en el interior de una cueva, emplazado para tirar al peñón y demás. A los demás los llevaron para hacer un viaje o dos de proyectiles que habían quedado atrás. Empezamos a subir por encima de la Fuente del Caño, que era así como le acostumbramos a llamar por una fuente que había, que daba mucho agua y muy buena, por casualidad, que más de dos veces me llené en ella de agua y nunca se me olvidará.

A la parte de arriba de la fuente, el cañón, otra vez lo tuvimos que abandonar, porque los barcos otra vez nos volvieron a enfocar con los reflectores, pudiéndose perfectamente enterar porque era una luz como la del día de clara, por no decir algo más. Nos tiramos otra vez al suelo, entre las piedras que había y demás, hasta que lo quisieron volver a retirar. Entonces nos hicieron otra vez formar para volver a tirar de aquel maldito cañón, que jamás se me olvidará, porque aquel día nacimos todos, por casualidad.

Por fin, a fuerza de tirones, pudimos subir las cuestas entre peñascales y montes. Por allí no podíamos ni andar, pero a fuerza de trabajos lo pudimos sacar. Retiraron a diez de los treinta que íbamos, quedándonos en el célebre cañón veinte nada más. A los otros diez que sacaron los hicieron cargar con más proyectiles, dejándonos a nosotros atrás. A los veinte que quedamos en el cañón bien nos hicieron apretar, haciéndonos atravesar, con el dichoso cañón, un monte que no lo quiero ni pensar, que, de espeso que era, no podíamos por él ni andar, teniendo que ir algunos delante, para poder ir abriendo el paso tronchando el monte, para que pudiera rodar, como así ir retirando algunas piedras, para poder con el célebre cañón pasar.

Aquella noche fue una de las noches de más fatigas que pudiéramos pasar, y que más palos y golpes y culetazos nos pudieran dar, que aquello era ya por de más, lo que pegaban aquella noche. Nos hacían tirar porque daban sin consuelo, y no nos dejaban resollar. Con un silencio bárbaro, que a ninguno de ellos se les oía hablar. A nosotros, lo primero que nos decían era, que al primero que nos sintieran hablar, que nos cortaban la cabeza para que no volviéramos a decir nada más.

Eran pocos los moros que nos iban guardando, pero, en todo África, creo que peores no se podrán juntar, porque los palos que daban nunca se me olvidarán. Solo eran cuatro, los moros que nos guardaban. Nada más dos de ellos de la guardia y dos artilleros además. Por cierto, que uno de ellos era un teniente pero era el más criminal, que, en vez de compadecerse de nosotros, era el que nos pegaba más, cada palo que nos daba nos hacía temblar, porque nos tiraba los golpes sin consuelo, o sea, nos tiraba a matar.

Sí que a nosotros nos extrañaba el silencio tan grande que había, y no sabíamos que se pudiera aplicar, porque era aquello ya por demás. Un silencio tan grande que no habíamos visto otro caso como aquel nunca jamás. Sólo lo único que oíamos de vez en cuando, muy próximo a nosotros, era sonar algunos tiros nada más. Eso eran casi todo pacos. Como era de noche y estaba bastante oscura, no podíamos divisar nada de aquellos alrededores. Lo cierto y verdad es que no nos dejaban ni toser siquiera que ya era por de más, y que ellos tampoco hablaban en alto nada y todo esto nos daba que pensar.

A eso del amanecer, cuando el nuevo día empezaba a clarear, nos pudimos dar cuenta de que habíamos pasado por delante de una posición nuestra. A unos quinientos metros cuando más, y que esa era la causa del silencio, como de las prisas y demás.

Pero ya estábamos a una distancia retirada y no nos podíamos escapar, lo primero por lo lejos, y lo segundo, porque ya estábamos bien guardados. Todos los moros que estaban guardando los alrededores de nuestras posiciones, al ir clareando el día, se fueron alejando de nuestras posiciones, no les fueran a ver y le fueran a tirar. Y con las mismas se fueron reconcentrando hacia nosotros, reuniéndose enseguida unos cincuenta o más, obligándonos todos que subiéramos el célebre cañón, no nos fueran a copar.

Al darnos cuenta de lo cerca que estaba la posición de por donde habíamos pasado y que solo llevábamos. con los veinte que éramos. cuatro moros nada más, que habiéndonos apoderado de ellos, aunque algunos hubiésemos muerto los restantes nos hubiésemos salvado, quizás. Pero ya de día claro, y con los moros que se habían arrimado, no podíamos hacer nada, y nos tuvimos que aguantar.

De la posición se dieron cuenta de que llevábamos un cañón para tirarles a ellos, quizás, y empezaron a tirar algunos tiros sobre nosotros, para que nos retiráramos y el cañón lo tuviéramos que abandonar. Como tiraban algunos tiros con los fusiles y no nos retirábamos, emplazaron las ametralladoras y con ellas también empezaron a tirar. Cuando a esto vimos de asomar seis aparatos que no nos dejaron continuar, porque al verlos, los moros, nos mandaron parar y emplazar el cañón en el picacho de un cerro, frente a la posición, con ideas de tirar, empezando, enseguida que le teníamos emplazado, a arrancar monte para poderlo tapar.

Los aparatos que se nos echaron encima no nos dejaron acabar, porque las bombas que tiraban, y las balas de los fusiles, y ametralladoras, aquello era ya por de más, teniendo que salir todos corriendo, escondiéndonos entre las piedras no nos fueran a matar, hasta que por fin se retiraron y nos pudimos levantar.

Tan pronto como nos contaron, nos llevaron con los demás, que se estaban curando, en una casa que había próxima, de las heridas que se habían hecho por el monte, con las piedras, y algunos hasta de las mismas balas y demás, aunque no era cosa de gravedad.

Una vez los ciento sesenta juntos, empezamos a pensar que habíamos nacido la mayoría por casualidad, cuando, de pronto, sentimos ruido de aparatos, que no me quiero ni acordar, descargando bombas a los alrededores nuestros. Uno de ellos se dirigió a la choza donde estábamos, que nos habían visto entrar, dejando caer alrededor seis bombas que no lo quiero ni pensar, que una de ellas cayó en la esquina, que no nos mató a todos por casualidad, tirando de la barraca cerca de la mitad.

Entonces dijo mi paisano, Francisco Núñez, que jamás se me olvidará, que aunque era español y prisionero le respetaban los moros una barbaridad, porque estaba muy querido por Abd el-Krim y demás, ya que era el que dirigía las obras de albañilería, y demás, y tan pronto como cayó la bomba, no matándonos por casualidad, le dijo al que hacía de cabo, que se llamaba Aselam:

-Llévanos enseguida a todos de aquí porque, si no, no vamos a quedar ni uno para poderlo contar.

Mandándonos a todos a huir de allí a escondernos, echándonos todos a tierra entre medias de un barranco que había entre las piedras, donde no nos pudieran, por lo menos, dar, porque, si hubiésemos seguido allí, lo hubiésemos pasado, quizás, todos muy mal. Una vez se retiraron, nos volvieron a formar y nos llevaron hacia Inkamara, porque las fuerzas nuestras no dejaban de avanzar. Temían que, si nos descuidábamos, allí mismo nos pudieran copar, como aquel mismo día cogieron los cañones que tanto nos hicieron pasar.

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