Aventuras y Desventuras en el Valle del Rif, en Marruecos
Historia de Un Prisionero en Marruecos

Historia de un Prisionero en Marruecos (relato completo compartido en la red eMule)
En muy pocas palabras, aunque os sea molesto, os voy a explicar parte de mi cautiverio durante tiempo en Marruecos, y muertes y sufrimiento de algunos de mis compañeros.
Por eso esto lo escribo, aunque con mucho sentimiento, para que lo sepan mis hijos y de ellos, si alguna vez son padres, que pase también a mis nietos para que se hagan una idea de lo que sufrió su abuelo durante 20 meses y dos días que me tiré prisionero de aquellos criminales Moros en el maldito Marruecos.
La Villa de Puebla del Maestre, provincia de Badajoz, es un pueblo pequeñito de donde soy natural Yo, que fue donde sorteé mi suerte. De treinta y cuatro quintos que éramos el 24 me tocó. Entregándome el 24 de enero el reemplazo del 22 en la Zona de Zafra, que es donde pertenezco yo, empezando allí ya mis fatigas y sufrimientos hasta juntarse con los del dichoso cautiverio, porque en los días que estuvimos en la Zona estuvo lloviendo casi todos los días y cojimos un buen enfriamiento, todos en general, fruto del tiempo. Estando allí leímos en los periódicos lo de aquel dichoso rescate de los infelices exprisioneros del desastre del 21 que bien presente en España lo tendremos por ser un desastre tan grande.
Quién nos había de decir a mí y a otros compañeros que en aquellos trances tan serios y tan amargos nos íbamos a ver al poco tiempo otros tantos compañeros, como así nos sucedió a los 20 meses de esto.
Por fin salimos de la Zona, como un rebaño de corderos, para aprender la instrucción en Burgos, el día 2 de febrero, empezando aquel día, por cierto, la feria del Moco en Zafra, que bien presente lo tendremos.
Antes de salir de Zafra escribí a un hermano que en Madrid se encontraba sirviendo, que pasado para Burgos y que si podía que saliera a la estación para vernos un momento. Pero todo se puso mal porque la carta y Yo llegamos a un mismo tiempo. Al llegar a la estación y no verle no podía estarme quieto en el tren ni en las filas, donde quiera que veía un militar allá que me iba derecho. Los sargentos y oficiales me echaban para atrás para que me estuviera quieto, pero mi afán era tan grande que no podía parar.
Nos formaron en la estación y nos llevaron directos al Cuartel de Maria Cristina, para darnos lo que un rancho de patatas era, por cierto.
Sin terminar de comerlo me cogí el plato a la cintura, pesqué la talega al hombro y salí corriendo, pero el cano de José Moya, que me vio, salió a mi encuentro. Al decirle dónde iba se brindó a acompañarme, de momento. Sin conocer nada de Madrid ninguno de los dos llegamos a la estación de Atocha donde habíamos desembarcado hacía un rato. La recorrimos toda buscando a mi hermano y de allí nos fuimos al cuartel donde él estaba sirviendo, que era el Establecimiento Central de Intendencia, en Pacífico. Al preguntar por él me salió un cabo muy atento. Dirigiéndose a mí me dijo estas palabras:
-¿Tú eres el hermano de Caballero?
Contestándole enseguida -Sí, Señor, es cierto-
-Pues tu hermano ha cogido tu carta, hace poco tiempo, por cierto, y ha salido a la estación de Atocha a ver si llegaba a tiempo, y si no que se iría a la del Norte para cuando fuerais a embarcar esta tarde poder veros.-
Ni corto ni perezoso me despedí del cabo en aquel momento y en Atocha cogimos un tranvía que iba al Norte derecho. Recorriendo la estación del Norte él nos vio a nosotros primero, llamándonos enseguida, y ahí estuvimos hasta que llegaron los demás compañeros.
Aquella tarde embarcamos en el Norte para Burgos llegando el día siguiente, o sea el 4 de febrero. Y el día 7 de dicho mes ingresé en el hospital militar porque me encontraba que llevaba ya tres meses con bastantes diviesos. Allí estuve hasta el 17 de marzo que, encontrándome ya mejor, pedí el alta y conmigo otro muchacho de Ornacho, que era un chico muy bueno que se llamaba Antonio Ranje Pérez, por cierto que nos llevamos los dos tan bien o mejor que dos hermanos, por lo que nos pusimos de acuerdo para pedir el alta los dos juntos . Habíamos pasado el Carnaval allí encerrados, venía el santo mío y enseguida la Semana Santa. A lo mejor no nos daban el alta hasta que no nos llevaran a Larache derechos. Por estos motivos y para poder disfrutar de Burgos algo fue el ponernos de acuerdo y pedir los dos el alta a un tiempo. El médico, que era un comandante muy bueno, no quería darnos el alta, a lo mejor por el bien nuestro. Nos dijo en estas palabras, acordarse siempre de esto:
-que vos queréis ir por vuestro gusto porque no estáis en lo cierto. Quizás dentro de pocos días os esté pesando esto porque no sabéis dónde vais, por eso hacéis esto de irse del hospital, para embarcar quizás dentro de pocos días a ver a aquellos insurrectos.
Por fin nos firmó el alta, y nosotros tan contentos. Saliendo aquella tarde nos llevaron en ambulancia al Cuartel de San Marcial, dándonos enseguida alojamiento. Independientes de todos los soldados de aquella guarnición nos tenían a los de Marruecos. No mandándonos hacer servicio de ninguna clase, nada más que cuidar del pabellón nuestro, con libertad de noche y día para estar siempre de paseo. Estuvimos de esta forma a todas horas que queríamos de paseo, comiendo y bebiendo bien hasta el día 4 de abril que nos firmaron el pasaporte para Larache, que bien presente lo tengo. Aquel día se nos terminó por completo el paseo, la libertad, el gusto y todo a un tiempo.
Salimos por la tarde de Burgos, nevando que estaba, tres solitos que salimos hasta Cádiz, donde fuimos alojados en el Castillo de Santa Catalina. Había cada piojo que no nos dejaban estarnos quietos. Eran muchos y muy grandes la mayoría. De comida nos daban un poco de rancho malo que casi todos los días hasta renunciábamos a ello y se lo daban a los pobres, que a la hora del rancho bastantes había de ellos a por el rancho que sobraba, unos por pura necesidad y otros que viven de eso.
Por fin el día 10 de abril embarcamos en el puerto con dirección a Larache. Dejando atrás todo esto ya estábamos en alta mar con unas olas y un viento que no se podía pasar, porque el barco que llevábamos no valía para nada y no me quiero ni acordar.
En el dichoso Heno de Menorca, que así se llamaba, todos íbamos deseando llegar, porque los va y vienes del barco no los podíamos aguantar, y la mar cada vez se iba poniendo peor para poder navegar.
Por fin dimos vista a Larache, que nunca se me olvidará, pero la dichosa barra no nos dejó desembarcar porque la marea que llevaba a Dios echaba para atrás. Tuvimos que cambiar de ruta por no poder desembarcar e ir a parar a Tánger, que es un puerto internacional, pero sin podernos arrimar al muelle para desembarcar. Tuvimos que echar anclas abajo para poder telegrafiar a Larache. Nos contestaron enseguida que quedásemos embarcados en alta mar hasta el día siguiente, que vendrían a sacarnos.
Por fin el 12 de abril, con 15 o 20 camiones nos fueron a buscar, no habiéndonos dado en esos dos días para comer nada más que un poco de arroz blanco a medio cocer con el agua del mar y un paquete de galletas que de duras que estaban no las podíamos mascar, con cada gusano que tenían que era cosa de exagerar.
Qué alegría la nuestra cuando vimos llegar al barco remolcador y algunas lanchas para podernos desembarcar. Del barco derechos nos llevaban a los camiones en los que nos trasladarían a Larache para empezar a afanar.
Nosotros, como borregos, íbamos en la creencia que nos llevarían a la plaza por lo menos hasta que aprendiéramos la instrucción o por lo menos algo más.
Aun con trabajo y fatigas gracias a Dios pudimos llegar a la representación de las Navas, que era donde creíamos descansar. Apenas llegamos nos hicieron formar para tomarnos la filiación. Al momento nos hicieron formar de nuevo para marchar, cosa que nosotros, como quintos, no creíamos que nos fueran a mudar, pero nos obligaron a coger el equipaje y empezar a desfilar. Nos vimos de nuevo en la orilla del mar, y en la barca de un moro nos volvieron a embarcar. A todo esto de noche que se había hecho ya.
Atravesamos un río que es un desagüe y una vez al otro lado volvimos a desembarcar donde estaban los quintos de mi batallón y algunas fuerzas más aprendiendo la instrucción. Solo estaban los quintos. Los veteranos y demás estaban en el Zoco el Jemis que era un campamento general, donde nos llegamos a juntar todos a los pocos días.
Cuando llegamos a la Reme serían las ocho de la noche o algo más, con más hambre que Dios, que no lo quiero pensar, porque desde que habíamos salido de Burgos no nos habíamos vuelto a llenar. En el Castillo de Santa Catalina pasamos tanta hambre que ya os lo podéis figurar, y en el barco me parece que también lo he referido ya. Por fin aquella noche nos dieron bien de cenar.
En la Reme estuvimos hasta el 10 de mayo nada más y nos llevaron al Campamento General del Zoco de Jemis, donde permanecimos hasta el 31 de agosto que nos volvieron a mudar otra vez. Nos fuimos a la Plaza de la Publicación de Arzilla. Aunque es un pueblo pequeño que no vale para nada y donde pasamos tres meses o poco más, en todo el tiempo que estuve en Marruecos es donde pude disfrutar algo, porque lo demás me lo tiré en el campo, así que os lo podéis figurar.
Como lo bueno dura tan poco enseguida se terminó la poca libertad y los paseos por Arzilla y hasta algunas cosas más. Llegó la orden de que teníamos que salir enseguida hacia el Zoco para relevar. Llegando esta el día 11 el 12 salimos destacados ya a la posición de Budid, estando allí hasta el día 30 de enero que volvimos a bajar otra vez al Zoco. Permanecimos hasta el día 30 de mayo y salimos destacados a la posición célebre de Kala, donde no quiero recordar que fue donde empezaron las tristes aventuras y los sufrimientos de todos mis compañeros, que los sufrieron como yo...
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